En Puerto Peñasco, a orillas del Golfo de California, se cuentan historias como la de Tomasa, uno de tantos personajes de los pueblos costeros.

Si vienes del sur antes de llegar al río das vuelta hacia la sierra, es el camino a Nío Pueblo. Gambino queda más adelante, pegadito al río Petatlán. Es un pueblo chico, de ejidatarios, donde vivimos muy agusto, no hay muchos lujos pero tiene lo necesario para vivir.

Por las tardes las careadas de volibol se ponen muy buenas; se junta la raza alrededor de la cancha, donde se apuesta al equipo favorito cuando no hay piojo. También hay jugadas de dominó, picaculito y paco, o te puedes ir a pescar al río.

Los bailes son lo mejor. Llegan las trokas de otros pueblos cargadas de muchachas, ni te imaginas de dónde salen tantas.

La Tomasa era una muchacha nacida y criada en Gambino, trabajadora y buena hija, acomedida en las labores de la casa, vendedora de puerta en puerta, organizaba cundinas, peregrinaciones, festivales escolares y hasta novenarios.

Desgraciadamente la naturaleza no la hizo atractiva y, por si fuera poco, la salud le faltó a temprana edad condenándola a la esclavitud de un par de muletas que ayudaran a sus endebles piernas. Sin embargo, teníamos ante nuestros pueblerinos ojos un ejemplo de la mujer más optimista y alegre que hubiese nacido por estos rumbos, su carácter le había granjeado la simpatía y apoyo de todo el pueblo. A los bailes era la primera en llegar y, si no hubiera sido por su desgracia física, nos hubiera dado muestras de cómo se debe levantar el polvo de la cancha del lugar.

A pesar de sus muchas cualidades ya pintaba para solterona, a los veinticinco años no le conocíamos novio, vamos, ni siquiera un pretendiente. Creo que todos pensábamos que nunca se casaría, sólo así me explico esos suspiros de resignación -y lástima- mal disimulados, que exhalábamos al referirnos a la Tomasa. Varias camadas de chamacas crecieron y se pelaron con el novio a pesar de la estrecha vigilancia de parientes y amigos, las menos se casaron como dios manda ¿y la Tomasa? ¡Bien, gracias!

Una noche, -yo estaba plebe-, había baile en la cancha, tocaban Los Llaneros de Guamúchil y hacía un calor sabrosón. El mes de mayo avanzaba sensual y nos quitaba con su calidez la inocencia de las muchachas que huían como liebres con el novio para probar las dulzuras del amor. Las madres, sabias mujeres, se oponían con todos los trucos a su alcance a que la hija fuera al baile, pero al fin de cuentas, ¿qué puedes hacer ante la ley de la vida? Había tal vigilancia sobre la hermana o la hija que nos olvidamos de la Tomasa.

Como a las dos de la mañana, cuando los músicos se arrancaban con Las tres piedritas, un hijo de José Meléndrez, -haciendo bocina con sus manos-, gritó espantado:

¡Se están robando a la Tomasa! –

Hasta la música se detuvo. Volteamos sorprendidos hacia un extremo de la cancha, pero ya la pareja se acercaba a la travesía del fondo, cerca de las parcelas. La sorpresa se reflejaba en los rostros que escudriñaban ansiosos la oscuridad, intentando ser testigos del inusitado acto, a esas horas ya había varios mareadones por los vapores etílicos. Como una mancha nos lanzamos tras de ellos ¡no íbamos a permitir que se robaran a una muchacha tan buena como ella! Los perros armaban su alboroto, la noticia se corrió de casa en casa.

En mi vida he visto correr a alguien con tantas ganas; aventaba las muletas hacia adelante y las usaba como garrocha para brincar bien lejos, jalando su cuerpo. Su compañero a duras penas le sostenía el paso. Yo corría con los demás pero en el fondo de mi cabeza columbraba lo injusto de esa persecución, y presentía que los otros perseguidores andaban en las mismas aunque nadie lo manifestara así. Se escuchó a mi lado la voz de un calculador que dijo:

Si pasan el cerco ya nos fregamos –

Sin dejar de cumplir con los estrictos deberes morales de la sociedad seguimos corriendo, pero ya el pretexto estaba dado; si cruzan el cerco ya no los alcanzamos.

Gritábamos recio para intimidar a los palomos, ¡Deoquis!

Al llegar al cerco la Tomasa aventó sus muletas por arriba del alambre y se barrió de panza, cayendo parada al otro lado. Enseguida pasó el chavalo,…y se perdieron entre la siembra, por la vega del río.

Anécdotas de la costa

Hoy la Tomasa constituye un símbolo en mi pueblo y sus alrededores, un símbolo de lucha y esperanza. Si tienes una pariente deprimida o poco agraciada, recuérdale a la Tomasa. Si tu vecina no agarra marido y ya se está pasando…recuérdale a la Tomasa. Si tu hijo o tu marido no trabajan y están sanos, recuérdales a la Tomasa.

En Puerto Peñasco, a orillas del Golfo de California, hay una señora que madruga a los bailes, llena de chamacos y de felicidad,…es nuestra heroína.

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Dr. Jaime Renán
Dr. Jaime Renán

Realizó la maestría en Manejo Ambiental en el CIAD, Unidad Mazatlán y el doctorado en Gestión y Conservación del Medio Natural en la Universidad Internacional de Andalucía en Sevilla, España. Fue profesor en la Facultad de Ciencias del Mar de la UAS, actualmente jubilado.

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Jaime Renán Ramírez Zavala es Doctor en Gestión y Conservación del Medio Natural por la Facultad de Ciencias del Mar de la Universidad Autónoma de Sinaloa; sus líneas de investigación son Gestión de Zonas Costeras y Sostenibilidad Socioecológica. Consultor en Gestión y Conservación Neotropical, A.C.