La vida del Megatón es la clásica historia de millones de seres que habitan las orillas de este cochino planeta sin rumbo y sin objetivos. Nacido en el anonimato, como perro corriente que fue, su pinta era de lo más desgarbada posible. Quien se fijó en tan insignificante animal lo hizo por ocio o por accidente, tal era su “presencia” invisible en el mundo. ¡Cuánta diferencia con los ejemplares hermosos, altivos, con pedigrí, imponentes en su fiereza o atractivos en su delicadeza, de manos grandes, pisar firme y arrogante, ladrido fuerte o sonoro! El Megatón lo único que tenía de chingón era su apocalíptico nombre.

Pero inexplicable, como todo lo humano, hubo quien lo acogió como su mascota. Casa, comida y afecto entraron a borbollones en la vida de ese peludo cuadrúpedo, quién pasó de ser un vulgar y pulgoso perro callejero, a una especie de pachá en el pomadoso rumbo de Lomas. El excéntrico tutor del Mega era un técnico de pesca que hasta la fecha lo recuerda con grande afecto. Extraños vericuetos de la mente llevaron al hombre de mar a darle cabida a tan menospreciable ser, ¿Lo haría por molestar a sus apretados vecinos? ¿Lo hacía por contradecir a su respingada y pretenciosa mujer? ¿O acaso el perrillo le recordaba su origen humilde? Sólo Isaías –que así se llama el sujeto- y Dios, lo saben.

El rey del barrio

Lo único cierto es que el canino se instaló en su casa, -de Isaías-, cual rey del barrio, echándose a perder por la vida regalada que le dispensaba su amo. Para acabarla de amolar no había vecina que se resistiera a los trucos y marrullerías de tan desgarbado galán, quién compensaba su fealdad con gran labia y técnica amatoria que harían palidecer al mismísimo Richard Gere. En poco tiempo el vecindario se vio afectado por una ola de mascotas preñadas que, para vergüenza de sus amas, daban a luz a cachorros de vulgar catadura. No hubo reja, correa, inyección o baños de agua fría que apaciguaran el calor que invadía sin control a las embelesadas perras. La clase social era lo de menos, los más rancios y bien cuidados pedigríes se vieron abollados por tan lamentable proceder ¡Qué deshonra para las familias de Lomas! Las mujeres del lugar reclamaron airadas a la esposa de Isaías por tolerar a tan repugnante patán, vientos de linchamiento soplaban por calles y jardines.

Su encuentro con el mar

Las presiones fueron tantas y de tal magnitud, que el técnico pesquero tuvo que llevarse al mar al Megatón para librarlo de la cólera de alguna indignada y bien nacida dama.

¡Pobre Isaías!, como buen cinturita el conchudo perro no servía para nada de utilidad, ni en mar ni en tierra, excepto para enamorar a sus congéneres. Su vida se tornó difícil, en casa peligraba a causa de sus trapacerías y en el barco más riesgo corría que algún marinero, enfadado por su desvergonzada molicie, le abriera la panza con el bichero o lo colgara del sencillo, para escarmiento de los huevones. El círculo se estrechaba inexorablemente alrededor de su cuello, nadie imaginaba a esas alturas que moriría llevándose el afecto de la marinería y el respeto de sus vecinas que tanto lo despreciaron.

El golpe traidor

Las faenas diarias de pesca seguían rutinarias en el barco hasta que, durante un lance largado cerca de las Revillagigedo, el destino del Mega se torció de repente, agarrando rumbo pa la ecología. El esquife cerró el cerco de la red atrapando en su bolsa toneladas de atún, enseguida los delfines se hicieron notar angustiados al quedar atrapados contra su voluntad en la trampa mortal, que no era para ellos. Los marineros ayudaban a salir a los “cochis”, hasta donde podían, a fuerza de arriarlos hacia la periferia, azotando los remos contra el agua. El chancualillo Megatón contemplaba excitado, por enésima ocasión, las maniobras de la tripulación, estorbando como siempre las actividades de la pesca. Ahí vino el golpe traidor.

En forma repentina criminales manos anónimas arrojaron al infeliz estorboso al mar. Luego de desaparecer por un largo rato bajo el agua, emergió agitando sus patas y ladrando con todas las fuerzas de sus pulmones. Pero lejos de sucumbir, y ante el asombro de propios y extraños, el Mega dio muestras de vivaz inteligencia al ayudar, pleno de entusiasmo, en la tarea de arriar a los delfines hacia su salvación. El Ferry, un larguirucho biólogo de la CIAT, tomaba fotos del épico acto para dar testimonio del conservacionista cuadrúpedo.

¡Ah caprichoso destino!, al emerger, lento y majestuoso del agua, -como Ulises al regresar del infierno-, el Megatón se había convertido en un respetado animal. A partir de ese día su fama se extendió por la costa del Pacífico, desde San Diego hasta Puntarenas.

Megatón, el ecologista

A partir de ahí, cientos de delfines fueron salvados por el otrora detestable perro. En cuanto cerraban la red saltaba al agua para cumplir su misión salvadora, descansando de cuando en cuando, apoyándose en las boyas o corchos que encontraba a la mano. La tripulación del Atún IV se disputaba el honor de bajar a tierra con el famoso perro ecologista. Cantineros y prostitutas les fiaban sus mercancías por permitirles tomarse una selfie con él. La mujer de Isaías no daba crédito a las evidencias del renacimiento moral de su mascota. Las recatadas vecinas, disimuladamente malcerraban las rejas de sus casas para ver si el osado chucho les hacía el grandísimo honor de cohabitar con sus paliduchas mascotas.  Colocaban suculentos filetes en sus jardines para atraer al héroe conservacionista. Fue la mejor época en la existencia del canino individuo. Hasta la facha le cambió, se miraba más hecho, todo un Dogo.

El Partido Verde buscó la manera de lanzarlo como candidato por una senaduría pero la ley electoral se lo impidió. El Paco Farriols desde el ayuntamiento y el Monky Morán, desde el CEMAZ, así como decenas de Oenegés encabezadas por Greenpeace, se disputaban al Mega queriéndolo convertir en la imagen de su agrupación. Una conocida marca refresquera le ofreció millones a Isaías por explotar a su mascota, pero este, feliz de la vida, se limitaba a reír, moviendo la cabeza de lado a lado, en señal de negación o de incredulidad. No era para tanto, el sólo quería ser feliz junto con su amado perro.

Su nueva morada

Pero la felicidad, efímera, así como llega se va. A pesar de ser un diestro nadador, no le fue suficiente su expertise ante la adversidad. En uno de tantos lances el ejemplar animal se lió con unos cabos ante la desesperación de los hombres de mar, que no lograron salvarlo, muriendo irremediablemente ahogado.

Nada pudieron hacer en el mar picado. Isaías en persona sacó del agua el cuerpo exánime del héroe y, con lágrimas en los ojos, como Aquiles cargando a Patroclo, subió lentamente al barco flanqueado por el respetuoso abrazo del silencio de sus compañeros. Con paso vacilante y la mirada fija en el vacío lo metió cuidadosamente a la freeza para conservar el cuerpo durante la travesía. No lo pudieron traer a puerto, sus restos descansan para siempre en otra orilla, como los de tantos hombres de mar, inmortalizado en una estatua de bronce, pero aún vive en el corazón de Isaías quien no ha vuelto a tener otro amigo como aquel.

Descanse en paz el valiente perro ecologista.

Megatón, el perro ecologísta
Megatón, el perro ecologista. Ilustración: Jaime Renán.

Jaime Renán Ramírez Zavala es Doctor en Gestión y Conservación del Medio Natural por la Facultad de Ciencias del Mar de la Universidad Autónoma de Sinaloa; sus líneas de investigación son Gestión de Zonas Costeras y Sostenibilidad Socioecológica.

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Jaime Renán Ramírez Zavala es Doctor en Gestión y Conservación del Medio Natural por la Facultad de Ciencias del Mar de la Universidad Autónoma de Sinaloa; sus líneas de investigación son Gestión de Zonas Costeras y Sostenibilidad Socioecológica. Consultor en Gestión y Conservación Neotropical, A.C.