¿De dónde viene esa expresión conocida entre pescadores? la imaginación de Luis Roberto Ramírez Zavala nos traslada a los campos pesqueros del norte de Sinaloa para contar la siguiente historia… 

El Coconaco andaba como un tal Santiago de salado pues ya tenía como veinticuatro días y medio sin pescar nada, puro colar lagua con el chinchorro, y con la piola nomás remoje y remoje la carnada. Todo el día se le veía pasar por la bahía, de una orilla a la otra. Ya arrancaba de la Mordida del Diablo pal rumbo de Punta Prieta, le daba vuelta desde la Tunosa hasta el Mapahui, y de Los Patos al Caimán sin sacar nada. Ni pa remedio.

Le hervían las tripas de coraje cuando miraba a los pescadores de otras pangas rindiendo la marea bien agusto, muertos de la risa…

Antes de cumplir los veinticinco días sin pescar, pasadito el mediodía, iba corriendo por el rumbo de Las Ánimas a todo lo que daba el 25 fuera de borda que tenía escandalizando al puerto canaletero. Llevaba el anzuelo en lágua, como curricaniando, cuando se le prendió algo que le dio un atorón tan duro que lo sacó de la popa hasta el castillo de proa, volando por el aire.

La panga se quedó como anclada con la piola, dando vueltas, escorada, despacito y con el motor avante. El Coconaco como pudo se levantó para apagar el motor y de inmediato se puso a jalar la piola con gantes desesperados para ver lo que había picado. Cuando cobró todo el sedal, la apantalladota que se dio al mirar, como de ganchete, la verdeazulada y hermosa cola escurriendo hilillos tornasoles de agua. Lentamente subió su mirada, camelando, como con miedo de mirar, hasta detenerse en tan categóricas caderas que le hicieron abrir más la boca de lo normal. Sus ojos de tortuga se le abrieron así de grandes. Hasta ahí llegaban las escamas y comenzaba la piel, finiiita como piel de durazno, aderezada por el ombligo más delicado que jamás hubiese visto en las noches de películas del cine Aída.

Después de recuperarse del asombro, no sin batallar, logró subirla a la panga. Le puso una de sus patotas en el pecho pa´quietarla, y con la mano que le quedaba libre agarró el macaco para sorrajarle unos guamazos en la cabeza, cuando la sirenita le suplicó espantada:

-¡No me mates!, ¿Qué no ves que soy mitad humano?

– Sí, pero tu otra mitad es de pescado, y yo soy pescador.

-Además, con lo salado que ando, si te devuelvo al mar lo salado no se me quita ya nunca. Así que lo ido, ido.

-¡No me mates y te lleno la panga de pescado!-, suplicó la taimada sirena jugándose su última carta.

El Coconaco se quedó camelando, como sacando cuentas pa´contestar…Y es que de promesas ya lo tenían frito los líderes de la cooperativa…

Sus ojos papujados empequeñecían y parpadeaban bien recio, mientras se rascaba la cabeza con una mano y sostenía la gorra con la otra…

-Está bueno pues… Nomás porque me ando varando, que si no… te filetiaba.

Y persinándose, con cara muy seria, le quitó el anzuelo de la cola, donde se había enganchado y dejó ir a la encantadora creatura, quien dibujó una hermosa cabriola en el aire para desaparecer bajo la superficie del mar.

Historias de la costa
El Coconaco. Ilustración: Jaime Renán.

La panga se fue gareteando rumbo al islote de Santa María, agüitada igual que su dueño -ya nos volvieron a chingar-, rumiaba entre dientes el pesimista, cuando comenzaron a aflorar, a borbotones, del pecho de la hermosa sirenita, hermosas canciones que hechizaban a esteros y manglares, a gaviotas y tildíos, y a humanos y delfines, desde el Cerro Partido hasta la Zeta y desde el Maviri hasta el barco Chileno.

Enamoradas las criaturas marinas subían a la superficie a deleitarse con la voz maravillosa de la mujer-pescao, mientras que al Coconaco se le erizaban los vellitos de la nuca y entendía, en carne propia, la tormentosa tentación que muchos siglos atrás, en orillas de mares muy lejanos, sufriera el mentado Ulises de Ítaca.

Las águilas pescadoras se acercaban curiosas cuando la sirenita se irguió imponente,  echando pa delante su espléndido busto, alzó sus nacarados brazos hacia el cielo, e hizo un enérgico ademán que acompañó con un requiebre de su voz como señal para que solitos, en fila india, empezaran a saltar pa´dentro de la panga como cincuenta pargos treskileros, una guangochada de curvinas, otro guato de mojarras, como doscientas lisas, una mancha de cochis, unqueótro botete dientón, dos tres mantarrayas, con otro tanto de guachinangos.

Los camarones, enredados con sus bigotes se ayudaban entre sí para trepar por la popa, seguidos de unas sierras concolor, así de grandes, que brincaban grácilmente pa dentro de la panga.

El agua casi le brincaba por la falca a la embarcación, de lo cargada questaba, cuando asomó por la proa un cabezón de mero, como de cuatrocientos kilos, apoyándose con la aleta pectoral, como queriéndose subir.

Que si el renegrido pescador no lo wacha a tiempo, el merón se sube y se hunden con todo y carga.

Del rugido que le pegó el Coconaco al mero, seguro que lo dejó sordo:

-¿Paónde vas canijo?, agitando los brazos ¿Qué no ves que ya no cabes?, Si te subes nos vamos a pique, sáquese a la v…

-¡Con razón la gente dice “eres más baboso que un mero”… ¡¡Bájate a la fregada!!

El merón deslizó avergonzado, en reversa, su enorme cuerpo dentro del agua, resignado a esperarse pal segundo viaje, mientras se escuchaban detrás de él las burlas de las toninas y la sirenita, que se reían del menso pescadón. A lo lejos, el Pechocho contemplaba pensativo la escena mientras jugaba con un palo en la boca.

Desde entonces es fecha quel Coconaco no ha vuelto pa´su casa. Del “Miramar” a la “Aquí me quedo” se gasta las horas y el dinero en borracheras y viejas,…

¡Total, ya se le quitó lo salado! …gracias a una hermosa sirenita.

Historias de la costa
Mero y sirena. Ilustración de Jaime Renán.

Luis Roberto Ramírez Zavala (Kilómetro) nació en Topolobampo y vive actualmente en Los Mochis, Sinaloa. Es Licenciado en Ciencias Políticas y orgulloso enamorado de su tierra natal. Trabajó como empleado federal en diversas dependencias hasta su retiro. Actualmente pergeña historias, construye barcos de madera, escribe canciones a su tierra y contempla los atardeceres en la bahía. Además de pintar, dibujar y practicar la carpintería, cuida a sus nietos gemelos (y a un perro).

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