El aciago día en que los americanos atacaron Bagdad, patrimonio de la humanidad, Mario Yocupicio aflojaba el cuerpo sabrosamente. Entre el humo de los cigarros y los vapores etílicos de la Pacífico, hilvanaba variedad de temas que lo llevaron a iniciar nuevas y fortuitas amistades que aún perduran.

Cuando salieron del Club Montecarlo, él y sus amigos, apremiados por el cantinero que debía cerrar, habían compuesto el panorama político internacional, la eterna crisis económica nacional, el futuro de la acuicultura en el noroeste mexicano y las perspectivas del ecologismo. Sin olvidar -claro está-, las nalgas de una docena de artistas entre las que destacó merecidamente la Lyn May.

Venido de Sonora a estudiar a la Ciencias del Mar, regresó Yocupicio a su tierra de mayos cargado de ricas experiencias, -más prácticas que teóricas-, que le sirvieron para encaminar su vida por la senda ingrata de la Biología. También se llevó en sus espaldas el recuerdo indeleble de los chihuiles que en una hermosa noche de octubre, se les ocurrió banderillear su lomo a cual feroz toro de lidia.

Eran tiempos de estudiante cuando el gusto por la pesca y el hambre insatisfecha llevaron al mayo al famoso tapo Botadero, más allá del Walamo, acompañado de Sánchez Breceda y de Chuy Velarde, quienes, con la atarraya en una mano y una botella de tequila en la otra, asaltaron los terrenos de La Sinaloense para aprovechar que el camarón llegaba a vararse al tapo. En medio de la claridad de la noche se atrincheraron los futuros biólogos para capturar, con su rudimentario arte de pesca, los millones de camarones que botaban por todo el estero huyendo de los depredadores.

Los curtidos pescadores de la cooperativa más antigua del Huizache, a pesar de su enorme paciencia, renegaban de todo corazón contra los cientos de chihuiles que se enredaban en las atarrayas y retrasaban la pesca de camarón. Chihuil que caía en la red era arrojado con todas las fuerzas, después de la batalla de desenredarlo, al fondo de una canoa que lentamente se fue llenando de la despreciable plaga. Formaba un espectáculo pantagruélico la masa de peces erizada por docenas de espinas que se erguían amenazadoras hacia el cielo. Cuerpos lustrosos y obscenos que reflejaban la luz de la luna y se unían, unos a otros, ensartados por sus propias espinas.

Junto al tapo, la fatídica canoa descansaba su alargado cuerpo, arrinconada por la corriente que escapaba de prisa hacia el mar. Mientras Mario y sus colegas, con el hombro adolorido de tanto atarrayar, continuaban sacando camarón, espantándose puñados de mosquitos con el espeso humo del macucho y el irrespirable aliento del tequila.

Algunos declarantes argumentan que Yocupicio brincó al castillo de la panga buscando un objeto que se le había caído. Otros juran y perjuran que fue al pasar cuando se resbaló por la babosa nata de sanguaza que cubría el piso del tapo. Lo único que no tiene discusión es que Mario fue a dar de espaldas, con su rechoncha humanidad, al fondo de la peligrosa canoa. El grito que rasgó la serenidad de la noche sureña atrajo con sobresalto la atención de los pescadores que observaron, gracias a la hermosa luna llena, a un hombre que trepaba, dificultosamente, de la falúa al tapo con la espalda tapizada de bagres.

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Mario Yocupicio. Ilustración: Jaime Renán.

Quien miró de cerca sintió el calosfrío inevitable de las espinas mordiendo la carne, mientras los hilos carmesíes de la sangre reptaban hacia abajo, por la espalda del acongojado aprendiz de biólogo. Sánchez Breceda y Velarde, con el rostro más compungido que el propio herido, permanecían atolondrados ante la tragedia, mientras los despiadados peces daban furiosos coletazos sobre el mayo para aumentar más su suplicio.

Las manos siempre amigas de los pescadores acudieron prestas a brindar alivio al herido, intentando desprender uno a uno a los malnacidos peces. Tarea ingrata, las enormes espinas, con sus radios hacia adentro, provocaban el desgarramiento de la carne al intentar su extracción. El viejo decenero, anestesiólogo natural, apuró a Mario para que tomara, de un farolazo, el resto de la botella de tequila mientras arrancaba los chihuiles de su espalda. Cuando llegaron a Villa Unión, litro y medio de anestesia-tequila habían provocado en el lesionado una agradable borrachera que mitigaba –más o menos-, el insoportable dolor.

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Nunca persona alguna ha sentido tanto gusto al ver un puesto de la benemérita Cruz Roja. Transportado boca abajo en una improvisada camilla, el herido fue puesto en manos de la ciencia médica. Empeño vano, el galeno, venido del centro de la república, en su vida había escuchado una historia más absurda que la de los mentados chihuiles. ¡A él no lo engañaban! El herido estaba en estado de ebriedad y había sido lesionado en algún pleito de cantina, ¡Chihuiles a mí!

Sin embargo, con su norteño poder de convencimiento, Sánchez Breceda lo tomó de las solapas de su inmaculada bata, y obligó al médico, ignorante de temas ictiológicos, a atender a Mario, logrando al fin la curación del abotagado herido. Tres días boca abajo tuvo que sufrir en cama el convaleciente, mientras que, por si las moscas, un gendarme de la sindicatura vigilaba discretamente la cama número cuatro, a petición del doctor chilango, quién no descansaría hasta fincar responsabilidades a la pandilla esa de los chihuiles.

Mario Yocupicio sigue por ahí, gracias a dios, en terrenos de Huatabampo, explotando la Artemia salina para la camaronicultura, llevando en sus espaldas el recuerdo de esa hermosa noche de luna. Presumido como buen indio, en las borracheras se quita la camisa para mostrar orgulloso sus cicatrices, fanfarroneando, a voz en cuello, las más absurdas historias de su origen. Cuenta que en la época de Echeverría fue herido en las invasiones de tierra, por un escopetazo latifundista.

Otras veces pregona que un enjambre de abejas africanas lo atacó por los rumbos de Etchojoa, o que en Obregón, en el Plan Oriente, se agarró a putazos con la banda de los chihuiles resultando seriamente lesionado, no sin antes haberse llevado a dos pandilleros por delante. Puras mentiras, todos sabemos que se cayó borracho en una canoa llena de chihuiles, allá en sus tiempos de estudiante, en una hermosa noche de luna llena.

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Jaime Renán Ramírez Zavala es Doctor en Gestión y Conservación del Medio Natural por la Facultad de Ciencias del Mar de la Universidad Autónoma de Sinaloa; sus líneas de investigación son Gestión de Zonas Costeras y Sostenibilidad Socioecológica.

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Jaime Renán Ramírez Zavala es Doctor en Gestión y Conservación del Medio Natural por la Facultad de Ciencias del Mar de la Universidad Autónoma de Sinaloa; sus líneas de investigación son Gestión de Zonas Costeras y Sostenibilidad Socioecológica. Consultor en Gestión y Conservación Neotropical, A.C.