Los centros ceremoniales y asentamientos prehispánicos de la región tuvieron como referente a los cerros, considerados aposentos de los dioses o incluso deidades.

Como ya señalamos en colaboraciones anteriores en este mismo espacio, en la búsqueda por conocer a las sociedades del pasado prehispánico del sur de Sinaloa, y en general el pasado, a través de sus restos materiales, la arqueología parte de tres cuestionamientos básicos: ¿cuándo?, ¿quiénes? ¿cómo? En colaboraciones anteriores intentamos dar respuesta a las dos primeras, en el cómo caben múltiples preguntas. Aquí abordaremos una parte de su cosmovisión: el culto a los cerros como asientos de los dioses.

Antonio Arias y Saavedra confirma que el dios principal de estas tierras era Piltzintli, llamado también Nayaryt, al cual honraban con fiestas, borracheras y sacrificios humanos, de acuerdo a la información rendida por éste en el en el siglo XVII [1673] acerca del estado de la sierra del Nayar y sobre culto idolátrico, gobierno y costumbres primitivas de los coras.

“Tengo por más cierto que todos los gentiles que tuvieron templo y culto siempre conservaron guerra con alguna particular nación por ofrecer sacrificios de sangre humana a su Piltzintli como fruto de su producción” dice Arias y Saavedra (p. 295).

Los tres dioses

También señala el nombre de otras tres deidades: “a la una llaman Uxuu que quiere decir `mujer criatura´, a la otra llaman Narama que quiere decir `salitroso´, las cuales fingen en las aguas del mar hacia el poniente, a otra llaman Nycanori o Nenauxi que en su sentir de ellos quiere decir Espíritu Santo, a quienes en distintas ocasiones ofrecen frutos según los tiempos…” (Arias y Saavedra, 1990: 299).

El texto indica que estos tres seres fueron creados por el dios principal. El primero fue Nenauxi, a quien se le dio autoridad de criar a las aves y los peces. Después le siguieron un varón y una mujer.

“El varón se llamó Narama y la mujer Uxxu, a los cuales puso en un lugar de muchos frutos y minerales y que luego les echó de allí y empezó el Narama a sudar el cual se convirtió en sal, dándole patrocinio de crear la sal, mezcal y chile y a Uxxu el patrocinio de todas las semillas y frutos de verano, disponiendo la tierra con el rocío”,  señala el informe de Arias y Saavedra (p. 299).

Estampa de Arias y Saavedra. Imagen: cortesía.

El banquete y la sal

Unos días después, abunda Arias y Saavedra, Dios invitó a estas criaturas a un espléndido banquete, al que cada uno de ellos trajo los frutos que le competían.

Salitroso y desnudo, Narama se sentó a la mesa, cogió la sal de su rostro y la echó en las viandas; luego tomó algunos pimientos de sus “partes impúdicas” y los esparció en la comida. Las otras deidades se sintieron agraviadas y lo reprendieron.

En respuesta, Narama argumentó que él, siendo una deidad, también podía aportar una cosa necesaria a los manjares como lo es la sal y el chile; entonces los retó a que comiesen para que comprendieran la razón de sus actos. 

“Comieron y reconocieron que tenía justicia…” (p. 299).

El cerro del Muerto. Foto: cortesía.

Los dioses se asientan

Después de comer, cada deidad fue enviada a un punto para ejercer sus funciones.

Pylzintli, el dios principal, se dirigió al oriente por donde sale el sol;  Nycanori a las aguas de mar hacia el poniente en el primer grado del signo de Aries;  Narama por donde se entra el sol en el primer grado del signo de Cáncer y a Uxxu se le dio por asiento la entrada del sol con el primer grado del signo de Capricornio, menciona Arias y Saavedra (p. 299-300).

Cada uno de estos rumbos se identificaba con un lugar señalado del paisaje.

Para Pilzintli era toda la serranía, cualquier cerro por donde sale el sol; para Ninacori un brazo de mar y para Narama un cerro que llaman ‘cabeza de caballo’ o Ychamet que quiere decir ‘la casa del maguey y el mezcal’. A Uxxu se le asignó una peña que está dentro del mar que llaman Matanche, que quiere decir ‘garrapata plateada’ (p. 300).

No tenemos manera de confirmar que estos mismos dioses eran venerados en la época prehispánica. Sin embargo, a través de la arqueología y en particular del patrón de asentamiento, sí podemos establecer que varios de los cerros destacados del paisaje fueron importantes a la hora de elegir el lugar o la disposición para asentarse.

En este caso, es importante precisar que el patrón de asentamiento se define como la forma en que los distintos componentes de un sitio se integran entre sí y la manera en que el conjunto se relaciona con el medio ambiente circundante, así como con su entorno social, es decir, con los otros asentamientos.

Mapa con los sitios de las marismas y su relación con el cerro del Muerto y las Cabras.

Asentamientos ceremoniales de Escuinapa

En las marismas de Escuinapa, además de una gran cantidad de concheros, salineras y poblados, hemos identificado cuatro asentamientos ceremoniales: El Calón, El Macho, Isla del Macho y Panzacola. Los cuatro se localizan a medio camino de la línea imaginaria entre el cerro del Muerto al oriente y el cerro de las Cabras al poniente, las dos elevaciones que todavía tienen importancia en el imaginario simbólico de los pescadores y en general de los habitantes del municipio de Escuinapa.

Estos sitios se construyeron de tal modo que en ciertos momentos del año, en particular solsticios y equinoccios, la salida y puesta del sol vista desde estos puntos sería justo a través de dichos cerros.

Zona arqueológica Juana Gómez

Juana Gómez se localiza entre dos de los arroyos más grandes de lo que ahora es el municipio de Escuinapa. Se trata de un sitio con nueve montículos de tierra construidos hacia el 500 d.C., uno de los asentamientos con arquitectura cívica más tempranos de Sinaloa. Su ubicación en esa zona se debió quizás a la fertilidad de sus suelos, aunque también la elección de lugar tuvo que ver con el paisaje circundante.

El asentamiento en su conjunto fue orientado tomando como referencia las cimas de tres cerros. Al este destaca la cima del pequeño cerro Juan Grave, por donde se observa la salida del sol en el solsticio de verano; al poniente se localizan los cerros de Chametla y Las Cabras, zona por donde se oculta el sol todas las tardes. Además, exactamente hacia el norte magnético se observan las dos cúspides del cerro del Yauco que desde aquí semejan los senos de una mujer, razón por las que en Escuinapa se le conoce también como el cerro de las Chichis.

Salida del sol vista desde Juana Gómez. Foto: cortesía.
Puesta del sol vista desde Juana Gómez. Foto: cortesía.

Más referencias

La cuenca baja del río Baluarte, por su parte, fue una de las zonas más densamente pobladas del sur de Sinaloa en la época prehispánica aprovechando la circunstancia de que es una de las áreas con el mayor potencial agrícola, así como la posibilidad de explotar la rica zona de marismas. Hemos registrado más de 130 sitios arqueológicos en sus márgenes y en varios de ellos se construyeron montículos de tierra. Destaca Chametla que presenta más de 50 montículos, entre ellos dos basamentos piramidales de más de 10 metros de altura y una cancha para el juego de pelota.

Todos estos edificios se construyeron tomando como referencia tres de los principales cerros de la zona: el cerro San Isidro al norte; el cerro del Yauco al oriente y el cerro del Nanche o de Chametla al oeste. Que nos baste por ahora con destacar el significado de sus nombres. San Isidro es el patrón de los agricultores. Yauco es un término de origen náhuatl y se puede traducir como “el lugar del yauhtli”, o “el lugar de los que son de yauhtli”, una de las fórmulas con que se refieren a los tlaloque, los dioses de la lluvia en el Códice Florentino; por tanto, el cerro del Yauco se puede relacionar con el Tlallocan el cerro del oriente.

El nombre de Chametla por su parte, siempre se ha hecho derivar de chiametlan, “el lugar de la chía”; sin embargo, como vimos, para el padre franciscano Antonio Arias y Saavedra [1673] se deriva de Ychamet “el lugar del maguey y del mezcal” o de Ichamictla “el lugar de la muerte”.

La salida del sol en el cerro del Yauco vista desde el juego de pelota de Chametla. Foto: cortesía.

Los vestigios

En la cuenca del río Presidio desafortunadamente, a partir de la introducción de sistemas de riego la destrucción de los vestigios arqueológicos ha sido terrible y de los otrora abundantes montículos apenas quedan restos, aunque los materiales arqueológicos se extienden por superficies de hasta 60 hectáreas.

Pero un sitio que todavía conserva parte de los edificios ceremoniales es La Limonera. Situado en la margen norte del río, casi en el piedemonte, en él se puede apreciar una enorme plataforma de más de 100 metros por lado sobre la que se asientan tres montículos alargados; el más grande se ubica al oeste y está rematado en su extremo sur por una estructura piramidal de más de seis metros de altura.

Al oriente se yergue la mole del río Zacanta, donde se encuentran una serie de petrograbados con diseños que aluden claramente a la fertilidad de la tierra, entre ellos la repetida representación de los genitales femeninos. En la tradición religiosa del México indígena el cerro del zacate es otro de los nombres esotéricos para referirse al lugar de los mantenimientos.

El cerro Zacanta visto desde la cuenca del río Presidio. Foto: cortesía.

Así, sin duda, podemos postular que el sur de Sinaloa en la época prehispánica algunos de los dioses principales tenían como casa varios de los cerros destacados del paisaje o más bien eran ellos mismos dioses.

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Luis Alfonso Grave Tirado es arqueólogo por la Escuela Nacional de Antropología e Historia (ENAH), maestro y doctor en Estudios Mesoamericanos por la UNAM. Investigador del INAH Sinaloa en el Museo Arqueológico de Mazatlán. Miembro del Sistema Nacional de Investigadores. Desde 1998 realiza trabajos de investigación arqueológica en el sur de Sinaloa donde ha dirigido más de 15 proyectos de investigación. En la actualidad coordina el Proyecto Arqueológico Sur de Sinaloa.

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Luis Alfonso Grave Tirado es arqueólogo por la Escuela Nacional de Antropología e Historia (ENAH), maestro y doctor en Estudios Mesoamericanos por la UNAM. Investigador del INAH Sinaloa en el Museo Arqueológico de Mazatlán. Miembro del Sistema Nacional de Investigadores. Desde 1998 realiza trabajos de investigación arqueológica en el sur de Sinaloa donde ha dirigido más de 15 proyectos de investigación. En la actualidad coordina el Proyecto Arqueológico Sur de Sinaloa.