Desde la antigüedad, las ceremonias colectivas, como el carnaval, han sido una práctica común de las sociedades humanas. Hasta nuestros días, la fiesta en masa sigue siendo el conducto para la liberación periódica de las presiones sociales y un espacio de identidad colectiva.

“¿Os habéis dado cuenta, de qué necesarias, qué biológicas son las orgías en la vida colectiva (…), con cuanta precisión puntúan la masa gris de la vida cotidiana, de los días de trabajo sórdido, días de larva?”, preguntó alguna vez el eminente historiador de las religiones Mircea Eliade.

La civilización actual, sin embargo, ha tratado de desterrarlas o, de forma más eficiente, las ha sublimado en formas cada vez más “ordenadas”.

Una excepción es, por supuesto el carnaval; sin embargo, y aunque para quienes vivimos o nacimos en el sur de Sinaloa nos parece algo implícito en el calendario festivo y dada la fama que tienen el propio carnaval de Mazatlán, el de Veracruz, Nueva Orleáns, Baranquilla y, sobre todo, el de Río de Janeiro; podría creerse que se celebra en todo el mundo cristiano; pero en realidad, éstos, y algunos otros de menor fama, son solo reminiscencias de una fiesta mucho más extendida en la antigüedad..

Representación de una reunión de cristianos en el siglo III en las catacumbas de San Calixto en Roma. Imagen: cortesía.

La fiesta  y la religión cristiana

La religión cristiana nació como una religión festiva. La mayor parte de los especialistas en el tema coinciden, en que en sus orígenes, antes de convertirse en la religión oficial del Imperio Romano “los servicios eran acontecimientos carismáticos y ruidosos, muy distintos de las sobrias vísperas de las iglesias actuales”.

Los rituales del cristianismo incluían música y bailes en los que participaban hombres y mujeres de forma activa, lo que llevó a sus detractores a acusarlos de lascivos y lujuriosos.

Los dueños del poder fueron algunos de estos detractores, quienes al pasar a ser la iglesia oficial, se convirtieron en sus jerarcas. A partir de entonces, trataron de hacerle perder su carácter solidario que se exacerbaba con los rituales extáticos, pues para ellos “donde hay un baile, también está el demonio”; según declaró Juan Crisóstomo, arzobispo de Constantinopla, en el siglo IV.

Aunque la verdad es que el baile y quizá otras prácticas extáticas sobrevivieron en las iglesias cristianas por más de mil años, a pesar de los esfuerzos de sus propias autoridades, quienes consideraban que éstas podían poner en riesgo su posición.

Finalmente, hacia el siglo XIII lo lograron y sacaron la fiesta del interior de las iglesias, lo que provocó que los feligreses se fueran “con la música a otra parte”; de hecho, simplemente la sacaron a la calle y en realidad se siguió aprovechando el calendario católico para sus celebraciones.

En su libro Una historia de la alegría, Barbara Ehrenreich dice que “fuera del ámbito físico de iglesia, el baile, la bebida y otras formas de diversión que tanto irritaban a las autoridades eclesiásticas se convirtieron en las festividades que llenaron el calendario eclesiástico tardomedieval y de principios de la edad moderna: en las fiestas de los santos, justo antes de la Cuaresma y en otras muchas ocasiones a lo largo del año. En su batalla contra la corriente extática de la cristiandad, la Iglesia, sin duda inadvertidamente, inventó el carnaval”.

“La fiesta de los locos”. Grabado (1559) de Pieter Brueghel El Viejo. Imagen: cortesía.

La fiesta de los locos

Pero el carnaval no surgió de la nada. En la Europa medieval había varios remanentes de fiestas paganas, en particular las danzas alrededor del árbol de mayo (un árbol en la plaza principal de los pueblos) y, sobre todo, la fiesta del rey de los locos. Esta última, todavía en el siglo X, se celebraba al interior de las iglesias, que habían sido construidas en antiguos espacios sagrados, por lo tanto, nada más natural que seguir aprovechándolo (algo así como los rituales “mexicas” que se celebran entre el Templo Mayor y la Catedral, en el Zócalo de la Ciudad de México).

La fiesta de los locos se efectuaba originalmente entre navidad y año nuevo, en las cercanías del solsticio de invierno, y era “una ebullición de lo salvaje debajo de la sotana”, pues al rey de los locos originalmente lo representaba un clérigo que se vestía de forma absurda y celebraba una parodia de la misa, que incluía canciones licenciosas en lugar de las invocaciones en latín. La fiesta iniciaba en la iglesia, pero luego el “rey” salía a la calle seguido por toda la concurrencia donde ridiculizaba a los jerarcas religiosos y a los nobles provocando el regocijo de la población.

Aunque desterrado de la iglesia, la gente lo mantuvo y luego lo incluyó en el carnaval convirtiéndose con el tiempo en el acto central, subvirtiendo el orden establecido, pero, sobre todo, olvidando por unos días las diferencias sociales.

Carnaval e identidad colectiva

El carnaval, como dijo Goethe no era un “festival que se ofrecía la pueblo, sino uno que el pueblo se ofrece a sí mismo”; sin embargo, poco a poco la autoridad se apropió de él y lo ha ido desterrando o suplantando por actividades menos “licenciosas”; pero que, como el carnaval, son un interludio en la vida normal, una liberación periódica de las presiones sociales, en la que se permite expresar el descontento contra la autoridad, pero que en realidad no cambian nada y más bien refuerzan el gobierno y el orden social.

“La batalla entre el Carnaval y la Cuaresma”. Óleo sobre tabla (1559) de Pieter Brueghel El Viejo. Imágen: cortesía.

Esto se logra porque “la orgía no significa solamente la sensualidad violenta y sangrienta, sino también una evasión de las normas, de las leyes; la superación de la personalidad, la pérdida en la masa, la anulación de la identidad”.

Al perderse en la masa, se anula la identidad individual, sí, pero se gana la identidad colectiva: los muchos se hacen uno, nadie es más ni mejor que otro. En busca de ese instante feliz, los hombres se reúnen repetidamente en el mismo lugar hasta que ya prácticamente no pueden prescindir de esa vivencia.

La muchedumbre organizada

La realización de ceremonias colectivas, religiosas o no, con la intención de hacer de la multitud una masa, es y ha sido, práctica común a lo largo de la historia de las sociedades humanas. En ellas, los participantes no permanecen pasivos, por el contrario, se sumergen activamente en la celebración, cayendo en un estado que les permite realizar cosas que solo no se atrevería a hacer.

A este estado, Gustavo Le Bon (1952) le llamó una muchedumbre organizada: “En ciertas circunstancias dadas, y solamente en estas circunstancias, una aglomeración de hombres posee caracteres nuevos muy diferentes de los individuos que componen esta aglomeración. La personalidad consciente se desvanece, los sentimientos y las ideas de todas las unidades son orientados en una misma dirección. Se forma un alma colectiva, transitoria, sin duda, pero que presenta caracteres muy puros. La colectividad entonces se convierte en lo que, a falta de una expresión mejor, pudiéramos llamar una muchedumbre organizada, o si se prefiere así, una muchedumbre psicológica”

Por su parte, Elías Canetti, más acertadamente, la denominó simplemente como masa: “En medio de esa densidad en que apenas queda espacio libre entre los cuerpos, que se estrechan entre sí, cada cual se encuentra tan próximo al otro como a sí mismo, lo cual produce inmenso alivio. Y es por ese instante de felicidad, en el que ninguno es más ni mejor que el otro como los hombres se convierten en masa”

Respecto a esa proximidad que nos hace iguales, Canetti abunda: “Esta experiencia, repetida con precisión y limitada con exactitud, les resultaría imprescindible a los hombres que dondequiera que sea se hayan acostumbrado a ella, y la necesitarán como los alimentos y todo cuanto asegura su existencia”.

Para lograr ese sentimiento asistimos en masa a los partidos de béisbol, a los conciertos y a los mítines políticos, sean de apoyo al gobierno o en su repudio, da lo mismo. Lo importante es ser parte de la colectividad, de la masa. Incluso en el plano individual, cada fin de semana nos conectamos por horas al televisor, nos emborrachamos o bailamos hasta el cansancio para poder empeñarnos el resto de la semana.

Pero más efectivo es, sin duda, el carnaval; donde parafraseando al historiador británico E. P. Thompson: Las muchas semanas de trabajo duro y dieta magra se compensan con la expectativa (o el recuerdo) de las ocasiones en que abundan la comida y la bebida, florece el cortejo, todo tipo de relaciones sociales y se olvidan de las penalidades de la vida”.

Estas ocasiones son, en un sentido muy importante, aquello por lo que vivían los hombres y las mujeres mazatlecas.

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Luis Alfonso Grave Tirado es arqueólogo por la Escuela Nacional de Antropología e Historia (ENAH), maestro y doctor en Estudios Mesoamericanos por la UNAM. Investigador del INAH Sinaloa en el Museo Arqueológico de Mazatlán. Miembro del Sistema Nacional de Investigadores. Desde 1998 realiza trabajos de investigación arqueológica en el sur de Sinaloa donde ha dirigido más de 15 proyectos de investigación. En la actualidad coordina el Proyecto Arqueológico Sur de Sinaloa.

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