Su madre fue mazatleca, él un prolífico escritor y poeta nacido en la capital del país. En su legado literario se encuentran  los más dulces recuerdos de su casa en Olas Altas y referencias de su visita a La Noria. Esta es parte de la historia de José Juan Tablada Acuña y su paso por Mazatlán.

Nació el 3 de abril de 1871 en Coyoacán. Sus padres fueron José de Aguilar Tablada y Mariana Acuña Osuna. La familia tuvo recursos para que el pequeño  José Juan llevara desde su nacimiento una vida cómoda y sin sobresalto alguno.   

Desde los 19 años de edad y después de haber cursado estudios en el Heroico Colegio Militar y en la Escuela Nacional Preparatoria, se decide por el camino de las letras; escribiendo crónicas, novelas, relatos históricos y poesía; ocupando cargos de dirección en periódicos y revistas y finalmente incursionando en el servicio exterior.

José Juan Tablada
José Juan Tablada

Con mucho oficio e incursiones en distintos géneros poéticos y a pesar de los vaivenes de la vida, durante más de cincuenta años  se mantendrá como uno de los escritores más prolíficos y reconocido de México. Un ascenso que se da desde el seno del trabajo periodístico hasta alcanzar su madurez intelectual.

Estando en misión diplomática en Nueva York muere a los 74 años de edad, el 2 de agosto de 1945. A instancias de la Academia Mexicana de la Lengua, sus restos son trasladados desde Nueva York a Ciudad de México y reposan en su tumba en la Rotonda de las Personas Ilustres en el panteón de Dolores al lado de otras grandes celebridades.

El poeta subversivo

Contrario a Amado Nervo, no viene a El Correo de la Tarde a iniciarse, no es como el joven  y pobre poeta provinciano que vino de Tepic a Mazatlán a trabajar por necesidad.   José Juan Tablada a sus escasos 22 años ya tenía en la ciudad de México incursiones profesionales en el periodismo y roce social e intelectual con grandes celebridades;  escribía en el periódico El Universal de Rafael Reyes Spíndola e incursionaba en la revista Azul del poeta Manuel Gutiérrez Nájera.

Al tiempo que escribía notas y crónicas, también regalaba sus poemas en las ediciones dominicales, muchos quedan consignados en el rango de “poesía dispersa” pero los de mayor relevancia forman parte de un poemario llamado Florilegio publicado en la ciudad de México hasta el año de 1898.

Pero en 1893 se convierte en un reconocido poeta, sobre todo por la fuerte carga de erotismo que hace temblar a las buenas conciencias capitalinas con su poema Misa Negra publicado en El País el 8 de enero de 1893. La grey católica capitalina acude a Carmelita Romero Rubio de Díaz, esposa del presidente, para exigir una llamada de atención al “remedo” de Baudeliere que escribía algo parecido a Flores del Mal en lagunas e islotes aztecas.

Y celebrar ferviente y mudo,
Sobre tu cuerpo seductor
¡lleno de esencias y desnudo,
La Misa Negra de mi  amor! 
(fragmento)

Para volver a estremecer a la sociedad  capitalina en septiembre de 1893 publica Ónix, en el periódico El Siglo XIX. Un poema dedicado a Luis G. Urbina.

Porque la fe en mi pecho solitario
se extinguió como el turbio lampadario
entre la roja luz de las auroras,
y mi vida es un fúnebre rosario
más triste que las lágrimas que lloras.
(fragmento)

El Correo de la Tarde

Noche de opio, otro poema escrito en 1893 se publica en la sección Variedades de El Correo de la Tarde de Mazatlán el domingo 7 de enero de 1894 a instancias del periodista Amado Nervo, quien admira el arrojo y oficio poético de José Juan Tablada. Como dato curioso hemos de consignar que en el tomo I  de las Obras Completas de Tablada publicadas por la UNAM en 1971,  a diferencia de otros poemas que se consignan publicados en diarios de la ciudad de México, este de Noche de opio aparece sin lugar y fecha de publicación lo cual nos lleva a aventurar que su primer publicación fue en El Correo de la Tarde.

Noche de Opio
La noche, el lago y la luna
desde el alto mirador
ve la princesa Satsuna
ebria de opio y de amor.
 
bajan de los cedros altos
y revuelan taciturnas
con fúnebres sobresaltos
las mariposas nocturnas.
 
La vaporosa neblina
cubre a la luna en el cielo
como tenue muselina
sobre un disco de hielo.
 
La barca extiende su vela,
que flota medrosa y pálida
cual mariposa que vuela
al salir de la crisálida.
 
…Ya hunde el pez en las espumas
sus escamas plateadas…
Ya las garzas en sus plumas
se acurrucan esponjadas…
(fragmento) 

De la capital a Mazatlán

Amado Nervo le dedica a Tablada un poema titulado El falderillo de la condesa y lo pública en El Correo de la Tarde el miércoles 3 de enero de 1894. Es obvio que Nervo sabe y reconoce de la calidad de Tablada y del sitio que le espera en la historia de las letras nacionales.

En el marco del escándalo moral y también por su adictiva experiencia de fumar opio para vivir escenarios extrasensoriales y dar intensidad a la inspiración poética;  un día, José Juan Tablada decide  hacer el viaje al Pacífico a las rutas de la Nao de China y visitar por una temporada entre 1894 y 1895 el puerto de Mazatlán.

José Juan Tablada el poeta, el hombre, siempre tuvo orgullo por el origen Mazatleco de su madre la señora Mariana Acuña Osuna. Siendo niño visitó en su compañía Mazatlán y en 1894-95 pasará una temporada en el puerto al que siempre consideró un buen reducto de marinos de todos los mares y de comerciantes encorvados en sus escritorios sacando la diferencia entre debe y  haber de la libreta de registro de cuentas.

Cuando salió de  México venía recomendado por el periodista José Ferrel, antiguo director de El Correo que en México colaboraba para El Demócrata; así se presenta  Tablada  para que don Miguel Retes, propietario de El Correo de la Tarde, le diera el empleo que el periodista y poeta Amado Nervo dejaba vacante, para irse a la ciudad de México en 1894.

Sin embargo, Tablada encuentra pocas posibilidades de desarrollo, en un diario local que deseaba permanecer sin la innovación y tecnología periodística que ya se vivía en la prensa moderna de  la capital de la república; comenta que el señor Retes nomas lo escuchó y que solo le pidió que escribiera una crónica semanal.  Pero en esto  también Tablada no quedaba muy convencido, pues  le parecía que sus crónicas y los  acontecimientos que pudiera registrar en el diario vespertino,   antes de ser leídas ya eran de dominio público en un lugar tan pequeño y tan acostumbrado al rumor como fuente veraz de información; además   sus giros lingüísticos tenían entre el vulgo y hasta en el escaso pero culto pueblo mazatleco otra connotación.

Así, cuando de manera poética escribió que tal señorita de sociedad llamada Carmela tenía belleza espiritual la gente se admiró;  por aquello de que lo espiritual tenía cierto aire a bebida de alta graduación etílica, o espiritual por aquello de los espíritus que ejercen dominio sobre la gente. Todavía en la actualidad decir que alguien anda espiritado es sinónimo de cierta perturbación mental. Así que pasaba por ahí la pobre Carmela y decían ahí va “la espiritual”.

La familia del poeta

Tablada en Mazatlán vive en casa de los Careaga donde Laura Acuña, una hermana de su madre, había formado familia con el empresario naviero, el español Martín Careaga. En la misma ciudad viven otros Acuña y visita a su abuela Mariana Engracia Osuna viuda de Acuña, una anciana octogenaria, originaria de La Noria que lo contempla con una mirada casi proveniente del más allá, pero lo acaricia dulce y maternalmente  como “el hijo de mi Mariana”.

En sus memorias José Juan Tablada escribe su vida juvenil de desparpajo  que en más de una ocasión altera la tranquilidad y vida de familia aburguesada de los Careaga Acuña y del resto de buenas familias mazatlecas. El exegeta juvenil grita su admiración a  Baudelaire, Verlaine, Rimbaud y Goncourt, la crema y nata de los poetas malditos y la decadencia francesa.  Alerta y asusta a más de alguno. Sin embargo, entre la bohemia y la juventud del puerto encuentra con admiración a grandilocuentes declamadores de su poema Ónix al que citan como un dogma de irreverencia. Más de alguno le dirá en tono de halago: “no te preocupes, tus críticos nunca escribirán un poema como Ónix”. 

El caso es que José Juan Tablada  llega a la conclusión de que Mazatlán y su sociedad era un ambiente poco propicio para las letras, tal como el las concibe, así que  un día del mes de enero de 1895 toma su barco rumbo a San Blas, para luego pasar una temporada en la ilustre y provinciana ciudad de Guadalajara donde conoce a Sixto Osuna, poeta oriundo de Villa Unión.

Junto a otros poetas de la perla tapatía organiza sentidos homenajes póstumos a la memoria de Manuel Gutiérrez Nájera que muere el 3 de febrero de 1895 conmoviendo a todo México.  

José Juan Tablada y los caracoles

Pero Tablada es generoso a la hora de evocar el placer de haber estado de visita en la tierra materna,  de haber escuchado el rumor de las olas, visto el paisaje de islas, rocas y playas de arenas doradas donde recalaban en la antigüedad las famosas Naos de la China con su carga de chinescos, marfil, porcelana y seda bajadas de contrabando para cambiarla por la plata y el oro de la Sierra Madre Occidental.  

Esos recuerdos los consigna en su libro de memorias: La Feria de la Vida; 1937, Editorial Botas, México.  En sus páginas evoca un viaje que realizó a Mazatlán en compañía de su madre allá por 1874 y de haber ido en diligencia hasta el terruño primordial en el pueblo de La Noria, tierra de sus parientes los Osuna.

De la Noria nos regala la presencia recia de sus hombres. De aquellos mocetones blancos de brazos gruesos como los vascos, criados en las andanzas del monte, en la cacería, en la búsqueda de minerales, en arrear el ganado y con las carabinas sobre la silla de montar llevar a cabo los combates por permanecer señores en una tierra indómita que es puerta a la Sierra Madre Occidental, bajo la presencia de indios viviendo en la más lozana paganía y dispuestos a mostrarse feroces e indómitos.

Pero de su niñez y viaje a Mazatlán evoca los más dulces e ingeniosos recuerdos de su casa en Olas Altas: 

José Juan Tablada

La casa donde habitábamos caía a Olas Altas, bellísima playa llena de rompientes cuyo lejano estruendo me parece oír aún a través del tiempo y la distancia, como el recóndito eco que guardan los caracoles marinos…aquellos caracoles y aquellas conchas tenían algo de esas misteriosas virtudes. De los caracoles helicoidales y cóncavos surgían para mi oído infantil todas las sonoridades marítimas, todas las sinfonías oceánicas; desde el frufrú de seda con que las olas semejan desgarrarse sobre la arena de las anchas playas, hasta el aterrador Dies Irae que tañen los vientos en los órganos de la tempestad. Canciones de sirenas, hosannas del arribo feliz al puerto, clamores de naufragio que el viento arrastraba, risas de nereidas y ondinas, todos los sonidos del mar eran murmurados por el caracol pegado a mi oído”.

José Juan Tablada Acuña fue sin lugar a dudas un enamorado de las playas de Mazatlán.

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Luis Antonio Martínez Peña
Dr. Luis A. Martínez Peña

Es doctor en Historia por la Universidad Autónoma de Zacatecas. Entre su obra publicada se encuentran: «El porfiriato en Sinaloa»; «Mazatlán, historia de su vocación comercial durante el siglo XIV»; «Inversiones extranjeras en el noroccidente de México durante el siglo XIX»; «Los vascos en el sur de Sinaloa» y Cancionero de Mazatlán, entre otros.

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