Este juego es una tradición viva en las comunidades rurales del sur de Sinaloa, única región del país en que se ha practicado de forma ininterrumpida desde la época prehispánica hasta la actualidad. Se trata pues de una tradición de más de 1500 años.

No sabemos con precisión la antigüedad de las distintas modalidades del juego de pelota en el México prehispánico, pero ya se practicaba hace por lo menos 3 mil 500 años. Sí sabemos que, además de su carácter lúdico, tenía un importante papel en la mitología y la ritualidad y que formaba parte de los mecanismos del grupo en el poder de la mayor parte de las sociedades indígenas.

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Centro ceremonial de Xochicalco. Foto: cortesía.

En efecto, desde hace por lo menos 2 mil 500 años, las canchas para el juego de pelota fueron parte integral, junto con los templos piramidales y los complejos palaciegos del centro religioso y político de la mayoría de las ciudades prehispánicas. Desde entonces, casi cada comunidad importante del México prehispánico tenía una o varias canchas para el juego de pelota. La excepción es Teotihuacan, aunque hay evidencias de su práctica ahí, como la representación de jugadores de pelota en la pintura mural y el reciente hallazgo de pelotas de hule en La Ciudadela. De hecho, se ha aventurado la hipótesis de que era precisamente en ese espacio donde estaba la cancha, o incluso que la Calle de los Muertos funcionó como un inmenso campo donde se practicaría la modalidad de “correr al palo”.

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Teotihuacan. Vista de la Calle de los Muertos. Foto: cortesía.

Evidencias del juego de pelota en el sur de Sinaloa prehispánico

La verdad es que son claras las evidencias de la práctica del juego de pelota en el sur de Sinaloa durante la época prehispánica. Las más tempranas son un par de figurillas recuperadas en las marismas de Escuinapa (ver portada), las cuales representan están equipados con la protección de cuero típica de los jugadores de pelota. Tienen una antigüedad de entre 1250 y 1500 años. Asimismo, se han identificado con seguridad siete canchas o tastes (del náhuatl tlachtli), más una posible.

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Ubicación de los tastes prehispánicos en el sur de Sinaloa.

En las cercanías de El Walamo, en la margen sur del río Presidio, en 1930, Sauer y Brand visitaron el Rancho la Loma, cuyo nombre era derivado de “…una pirámide artificial de aproximadamente nueve metros de alto y con la punta aplanada… Un montículo más grande pero menos visible se encuentra a poca distancia hacia el sur”. Héctor Gálvez visitó el mismo lugar en 1966, al que describe como “un posible Centro Ceremonial… formado por varios montículos y quizá exista un juego de pelota”. Para finales del siglo pasado, todo vestigio de arquitectura ya había desaparecido y en el lugar se observa un enorme manchón de materiales arqueológicos. El juego de pelota se queda pues solo como posibilidad.

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Croquis de Chametla.

Donde no hay ninguna duda es en Chametla. Ahí entre los más de cincuenta montículos se encuentra el complejo conocido como Tierra del Padre. Se trata de una enorme plataforma de casi 400 metros de largo por casi 150 de ancho y más de 4 metros de altura sobre la que se asientan cuatro montículos y una cancha de un juego de pelota en su extremo norte. La cancha mide casi 20 metros de largo y tiene un ancho de poco más de 6 metros. Fue construida orientada hacia la cima del cerro San Isidro. Por los materiales asociados, es probable que su construcción se remonte, o hayan efectuado una ampliación importante, entre los años 750 y 900 d.C.

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Juego de pelota de Chametla. Al fondo se observa el cerro San Isidro. Foto: cortesía.

En las marismas de Escuinapa, al poniente de la laguna Agua Grande, está la isla de El Macho. Ahí, lejos de los sitios habitacionales, entre otras estructuras arquitectónicas construidas con conchas de molusco hay una cancha para el juego de pelota.

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Croquis de Isla del Macho.

Es en la serranía baja donde se han localizado la mayor cantidad de tastes o canchas para el juego de pelota. Estas son más sencillas, pero no hay duda de su función. En la ladera poniente del cerro del Muerto, en el sitio conocido como La Loma de los Indios, un asentamiento relativamente complejo, pues cuenta con los restos de varias casas, múltiples terrazas y al menos dos pequeños montículos de piedra, en la parte central, una zona nivelada artificialmente, hay una cancha para el juego de pelota de 26 metros de largo en dirección norte-sur por 12 metros de ancho.

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Taste de Loma de los Indios. Foto: cortesía.

Un poco más adentro de la sierra, casi en los límites entre Sinaloa y Nayarit, Stuart Scott, reportó en 1967, dos tastes. Uno está en la Ciénaga, el cual consiste en zona nivelada artificialmente y limitada por dos muros bajos de piedra con un largo de 21 metros por un ancho de 12 metros. El otro está en El Vigal, pero no lo describe.

Por su parte, en el cerro El Pirame, al noreste de Concordia, en 1930, a Carl Sauer y Donald Brand les mostraron uno más. Era, escribieron el par de investigadores estadounidenses: “un claro de forma rectangular de unos veinticinco por treinta metros, en los extremos norte y sur hay unas paredes de piedra parcialmente en ruinas, cuya altura, sin embargo, llega hasta el pecho de un hombre. El lugar es conocido localmente con el nombre de ‘la cancha de pelota de los antiguos’”.

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Taste de El Debonal. Foto: cortesía.

Finalmente, en la cuenca media del río Presidio, dentro del paraje conocido como El Debonal hay otro taste arqueológico. Está conformado por un par de estructuras alargadas, perfectamente paralelas que miden 28 metros de largo por sólo tres metros de ancho y una altura de apenas un metro, las cuales están separadas entre sí por aproximadamente 20 metros. El espacio que queda entre ellas está completamente plano y limpio como si hubiera sido nivelado con intención.

El juego de pelota en Sinaloa según las fuentes históricas

Es en los documentos escritos por los misioneros jesuitas a lo largo del siglo XVII donde encontramos las menciones de la práctica del juego de pelota entre los indígenas sinaloenses. Dice Hernando de Santarén que era la cancha para el juego de pelota, uno de los elementos identificativos de los grupos serranos: “Lo primero que en sus poblaciones hacen es el batéi, que es una plazuela muy llana y con unas paredes a los lados, de una vara en alto, a modo de apoyo; el cual sirva para jugar a la pelota, al cual es de un hule como el ajonje de Castilla, que pesa dos o tres libras, porque es tan grande como la cabeza y hácese de la leche que destilan unos árboles. Esta se juega de cinco en cinco y más por banda, como se conciertan, y juéganla con tanta destreza que no la tocan con pie ni con mano ni parte alguna del cuerpo si no es con el hombro derecho y con el cuadril de los cojines naturales, para lo cual es menester muchas veces saltar muy alto, y otras arrojarse por el suelo dando grandísimas corridas…” (Hernando de Santarén, 1604; apud Punzo, 2013: 171).

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Juego de pelota. Foto: cortesía.

Por su parte, Andrés Pérez de Ribas, en su célebre Historia de los Triunfos de nuestra santa fe entre gentes las más bárbaras y fieras del nuevo orbe., escrita en 1645; señala que también los grupos del norte de Sinaloa lo practicaban y confirma que la pelota “…es amasada de una particular goma de árboles, que llaman Ule, por una parte muy sólida, y por otra muy ligera en saltar del suelo, que apenas para: jueganla en la plaza que tienen limpia, barrida, y llana, que llaman Batei. En él se confrontan dos cuadrillas de cuatro, seis, u ocho indios cada una”. Es de notar que la cancha no tenía estructuras que la limitaran, sino que se trataba de únicamente un espacio limpio, pero eso sí en el centro del pueblo; no obstante, sí había algunos elementos que las distinguían. Abunda el padre jesuita: “En otro pueblo, llegando a él el padre, hallo que estaban jugando el juego de la pelota… y en el batey, o placa del juego, estaba puesto a un lado un ídolo de figura de hombre, y al otro lado la raíz muy nombrada entre los indios de la Nueva España, que se llama peyote”.

Asimismo, reporta otra variante del juego “que llaman correr al palo, muy usado de todas estas Naciones; y que les sirve de ejercitarse para la guerra. A este se junta lo ordinario mucho número de indios, cual vez salen cientos, cual doscientos, y para el se desafían pueblos enteros…”.

La práctica de este juego y el desafío entre comunidades es una tradición viva todavía en el sur de Sinaloa. Es, de hecho, la única región del país en que se ha practicado de forma ininterrumpida desde la época prehispánica hasta la actualidad. Se trata pues de una tradición de más de 1500 años.

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Escuinapa vs Los Llanitos ; juego realizado el 21 de marzo de 2013. Foto: cortesía.

Las canchas o tastes actuales tienen estrechas similitudes con las prehispánicas y en el juego todavía persiste parte de la cosmovisión: el taste representa el centro de la población o del barrio; es mejor jugarlo en un día de fiesta; los jugadores deben de tener plena abstinencia sexual antes del juego, para que no resulte peligroso para él, ni para la continuidad de la armonía del mundo.


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Luis Alfonso Grave Tirado es arqueólogo por la Escuela Nacional de Antropología e Historia (ENAH), maestro y doctor en Estudios Mesoamericanos por la UNAM. Investigador del INAH Sinaloa en el Museo Arqueológico de Mazatlán. Miembro del Sistema Nacional de Investigadores. Desde 1998 realiza trabajos de investigación arqueológica en el sur de Sinaloa donde ha dirigido más de 15 proyectos de investigación. En la actualidad coordina el Proyecto Arqueológico Sur de Sinaloa.