En esta pieza, el autor nos regala un diálogo interno centrado en la costa norte de Sinaloa, territorio dotado de paisajes e historias tan extraordinarias como la existencia misma de El Pechocho, el delfín que se quedó a vivir en Topolobampo.

-El Coconaco es más chico que yo y todavía vive. Creo que se amacizó de líder en su cooperativa. ¿De qué te ríes?, ¿qué esperabas?, eso es madurez güey, no se iba a pasar toda la vida pescando.

-¿Ultimadamente quién eres tú para juzgar a la gente? No tienes ningún mérito. La verdad es que la agarraste bien pelada, nomás porque eres delfín y a la gente le gustan mucho los delfines. Hace rato que están de moda…

-Naciste con estrella y te lo digo en buena onda…

-¿Qué tal si fueras tiburón? No te iban a querer igual, al contrario…

-Antes que tu llegaras hubo muchos personajes en el pueblo, unos más queridos que otros, pero pasaron a la historia por algo, alguna gracia tenían, ¿pero tú?

-Otros estuvieron nomás de pasada, pero eran tan famosos que no se olvidan, como la María Félix güey, que estuvo aquí haciendo una película con Pedro Armendáriz y Jack Palance, un gringo grandote que hacía papeles de mongol en Hollywood, hace como sesenta años. Ahora que lo pienso, a ti te hubieran dado un papel en esa película, cincho. Como la historia era de camaroneros un delfín hubiera quedado al chingazo.

Pechocho

-Nombre, la raza andaba vuelta loca, todos querían salir de extra, el Negro Mejía, Doña Tichi, unos parientes de Litolán. Filmaron un día del marino las escenas más perronas. Yo ni nacía, pero me han contado mis padres la filmación, además la película ya la vi, está en internet. Tiene una fotografía bien chingona, de Gabriel Figueroa, ¿quíhubo?

-Dicen que el Armendáriz estaba bien panzón, que usaba faja y peluquín. Y que la María Félix era una chulada de bonita.

-Pero también es muy bonito reconocer a los personajes locales, desde el más insignificante hasta el más importante, ¿no? La gente que con sus pequeñas anécdotas, con sus historias, construyen la leyenda de cada pueblo.

-Ahí está el Chale Young, el gerente de la pesquera que compraba tiras completas de boletos del cine para regalárselos a la plebada y pudieran disfrutar gratis la función. O la Lupe de Lopón que con sus besos tronadores acosaba a los muchachos en la calle.

-¿Y qué me dices de Don Julio Liparoli, venido desde otra orilla, desde el Mar de Liguria, a poner su tiendota donde había de todo? Se adelantó a los programas de vivienda social porque te construía fiada tu casa, cuando en Topolobampo aún no existía la propiedad privada.

-¿Y los fundadores de las primeras cooperativas? Ahí te’ncargo.

-¿Y el Albert Kimsey Owen, el idealista que fundó Topo y Mochis, y diseñó el ferrocarril Chihuahua al Pacífico?

-Otro famoso que también anduvo por acá fue Pablo Neruda, cabrón. Premio nobel de literatura y defensor de las causas de su pueblo, murió de tristeza por el golpe de estado en Chile. ¡Si no me crees me vale! Él lo dijo en sus memorias: “Vagué por México, corrí por todas sus costas, sus altas costas acantiladas, incendiadas por un perpetuo relámpago fosfórico. Desde Topolobampo en Sinaloa, bajé por esos nombres hemisféricos, ásperos nombres que los dioses dejaron de herencia a México cuando en su territorio entraron a mandar los hombres, menos crueles que los dioses…”

-¿A poco no se te enchina el cuero?

-Mi apá, -ya ves que es muy cábula- nos cuenta que una vez miró a un hombre gordito y con boina, parado en la orilla del muelle, como alelado buen rato por la bahía encantada. Si acaso era Neruda, -cosa que no dudo-, nomás estaría extrañando su Isla Negra o quien quita y estaba componiendo su poema 20 mientras miraba pescar a los pelícanos.

-¡Y de la Revolución Mexicana ni te cuento, aquí estuvo el mocho Obregón!, aquí a un ladito, en Punta Copas, donde a Tirsito le arrancó la pata un tiburón.

-Gracias a la revolución te conocí Pechocho, ¿te acuerdas? Yo andaba busque y busque los restos del Cañonero Tampico ¿y tú? Bueno pa la carrilla, a bocajarro me dijiste: -ya ni busques güey, la draga China arremangó con todo.

-¡Me diste contra el suelo, canijo! A mí que me gusta tanto la historia. Tuve que ahorrar mucho tiempo pa comprar el equipo de buceo y nunca encontré nada, ¡chingado!

-Pero las cosas por algo pasan. Nunca te hubiera conocido y la neta, eres mi mejor amigo güey. Es cierto que está muy cara la gota pa venirte a ver, pero cada vez que puedo te caigo mi buen. Agarro la panga y me tiendo a todo lo que da la máquina, no hay pedo que la marea esté baja, ya me conozco todos los canales.

-Luego me regreso con el rayo verde.

-La verdad es una bendición que te hayas quedado aquí, está tan jodida la pesca que si no fuera por ti, ni los paseos en lancha tuvieran éxito. Ojalá nunca te vayas carnal. Pronto vamos a estar como los indios de Pátzcuaro, tirando las redes pa que vean los turistas como se pescaba antes, cuando había pescado. ¡Ah, pero sigan votando por los mismos cabrones!

-Me acuerdo cuando nos reíamos de los barcos de Guaymas, todos mohosos. Mientras los barcos de acá rechinaban de limpios, bonitos, pintaditos. Pero ahora, ni las luces de posición completan, da miedo embarcarse en ellos.

-Pero ¿para qué te agobio con mis penas? Más broncas tienes tú que te viniste a esconder a estas aguas benditas del Mar de Cortés. Aunque nunca te voy a entender, teniendo todo el océano para ti solo y te viniste a refundir en esta apartada orilla, ¿Cuántos años hace ya? ¿Veinticinco?

-¿De qué te escondes carnal? ¿De los atuneros que arremangan sin piedad a tus parientes? ¿Alguna tonina te destrozó el corazón? Cada cabeza es un mundo, me dijiste, mientras jalabas machín el humo del macucho y luego lo sacabas por el agujero que tienes en el melón.

-Me pregunto, ¿algunas veces nadas hacia el golfo, siguiendo las corrientes de la nostalgia? ¿O eso es algo muy humano? ¿Buscas a tu familia en los aniversarios?

-Tú y el farero son iguales, refugiados en su soledad. Creo que ni sombra tienen.

-Pero el farero y nosotros, los que nacimos en la costa, nos acostumbramos a vivir en la orilla, como anfibios. Nos morimos de tiricia si tenemos que vivir lejos del mar, conozco a varios que si se fueron, regresaron a morir en el sitio donde quedó su querencia.

-Pero tu naciste en el agua, mi buen, y ya chequé en la Wikipedia que ustedes, los delfines, viven en grupo, así que no me engañas a ti te pasó algo bien grueso.

-A veces pienso que más vale ser pendejo, los animales inteligentes como tú y como yo sufrimos bien machín, por eso caemos en los vicios. Ahí está el pinche tiburón, es tan pendejo que no sabe ni lo que se come, pero tampoco sabe lo que es el remordimiento.

-Pero no te agüites carnal, aquí tienes un amigo pa cuando necesites platicar. Yo no soy quien para juzgarte, al contrario, también te veo como un gran apoyo. Aunque déjame aclararte que no soy como el pinche farero que te envició cabrón.

-Además me gusta mucho venir acá contigo, a mirar el rayo verde.

-Lo que realmente importa es ser feliz, carnal, seas marino o seas terrestre. Si a ti te acomoda esta forma de vida, adelante. Si al farero le gusta estar encaramado allá arriba, let it be carnal. Y si a mí me gusta venir a buscar el rayo verde con ustedes ya no me mantengan culeros.

-Total, todos tenemos un lugar en esta orilla.

Noviembre de 2017

Pechocho

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Jaime Renán Ramírez Zavala es Doctor en Gestión y Conservación del Medio Natural por la Facultad de Ciencias del Mar de la Universidad Autónoma de Sinaloa; sus líneas de investigación son Gestión de Zonas Costeras y Sostenibilidad Socioecológica. Consultor en Gestión y Conservación Neotropical, A.C.